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El amor de Jesús es capaz de mantener el de los esposos cuando humanamente se pierde-Papa Francisco



Texto completo de la homilí­a del Santo Padre en la celebración del sacramento del matrimonio de 20 parejas

Ciudad del Vaticano, 14 de septiembre de 2014 (Zenit.org) Redacción | 1980 hits

La prima Lectura nos habla del camino del pueblo en el desierto. Pensemos en aquella gente en marcha, siguiendo a Moisés; eran sobre todo familias: padres, madres, hijos, abuelos; hombres y mujeres de todas las edades, muchos niños, con los ancianos que avanzaban con dificultad... Este pueblo nos lleva a pensar en la Iglesia en camino por el desierto del mundo actual, nos lleva a pensar en el Pueblo de Dios, compuesto en su mayor parte por familias.

Y nos hace pensar también en las familias, nuestras familias, en camino por los derroteros de la vida, por las vicisitudes de cada día... Es incalculable la fuerza, la carga de humanidad que hay en una familia: la ayuda mutua, la educación de los hijos, las relaciones que maduran a medida que crecen las personas, las alegrías y las dificultades compartidas... En efecto, las familias son el primer lugar en que nos formamos como personas y, al mismo tiempo, son los “adobes” para la construcción de la sociedad.

Volvamos al texto bíblico. En un momento dado, «el pueblo estaba extenuado del camino». Estaban cansados, no tenían agua y comían sólo “maná”, un alimento milagroso, dado por Dios, pero que, en aquel momento de crisis, les parecía demasiado poco. Y entonces se quejaron y protestaron contra Dios y contra Moisés: “¿Por qué nos habéis sacado...?”. Es la tentación de volver atrás, de abandonar el camino.

Esto me lleva a pensar en las parejas de esposos que “se sienten extenuadas del camino”, del camino de la vida conyugal y familiar. El cansancio del camino se convierte en agotamiento interior; pierden el gusto del Matrimonio, no encuentran ya en el Sacramento la fuente de agua. La vida cotidiana se hace pesada, y muchas veces “da náusea”.

En ese momento de desorientación –dice la Biblia–, llegaron serpientes venenosas que mordían a la gente, y muchos murieron. Esto provocó el arrepentimiento del pueblo, que pidió perdón a Moisés y le suplicó que rogase al Señor que apartase las serpientes. Moisés rezó al Señor y Él dio el remedio: una serpiente de bronce sobre un estandarte; quien la mire, quedará sano del veneno mortal de las serpientes.

¿Qué significa este símbolo? Dios no acaba con las serpientes, sino que da un “antídoto”: mediante esa serpiente de bronce, hecha por Moisés, Dios comunica su fuerza de curación, fuerza de curación que es su misericordia, más fuerte que el veneno del tentador.

Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, se identificó con este símbolo: el Padre, por amor, lo ha “entregado” a Él, el Hijo Unigénito, a los hombres para que tengan vida; y este amor inmenso del Padre lleva al Hijo, a Jesús, a hacerse hombre, a hacerse siervo, a morir por nosotros y a morir en una cruz; por eso el Padre lo ha resucitado y le ha dado poder sobre todo el universo. Así se expresa el himno de la Carta de San Pablo a los Filipenses. Quien confía en Jesús crucificado recibe la misericordia de Dios que cura del veneno mortal del pecado.

El remedio que Dios da al pueblo vale también, especialmente, para los esposos que, “extenuados del camino”, sienten la tentación del desánimo, de la infidelidad, de mirar atrás, del abandono... También a ellos Dios Padre les entrega a su Hijo Jesús, no para condenarlos, sino para salvarlos: si confían en Él, los cura con el amor misericordioso que brota de su Cruz, con la fuerza de una gracia que regenera y encauza de nuevo la vida conyugal y familiar.

El amor de Jesús, que ha bendecido y consagrado la unión de los esposos, es capaz de mantener su amor y de renovarlo cuando humanamente se pierde, se hiere, se agota. El amor de Cristo puede devolver a los esposos la alegría de caminar juntos; porque eso es el matrimonio: un camino en común de un hombre y una mujer, en el que el hombre tiene la misión de ayudar a su mujer a ser mejor mujer, y la mujer tiene la misión de ayudar a su marido a ser mejor hombre. Ésta es vuestra misión entre vosotros. “Te amo, y por eso te hago mejor mujer”; “te amo, y por eso te hago mejor hombre”. Es la reciprocidad de la diferencia. No es un camino llano, sin problemas, no, no sería humano. Es un viaje comprometido, a veces difícil, a veces complicado, pero así es la vida. Y en el marco de esta teología que nos ofrece la Palabra de Dios sobre el pueblo que camina, también sobre las familias en camino, sobre los esposos en camino, un pequeño consejo. Es normal que los esposos discutan. Es normal. Siempre se ha hecho. Pero os doy un consejo: que vuestras jornadas jamás terminen sin hacer las paces. Jamás. Basta un pequeño gesto. Y de este modo se sigue caminando. El matrimonio es símbolo de la vida, de la vida real, no es una “novela”. Es sacramento del amor de Cristo y de la Iglesia, un amor que encuentra en la Cruz su prueba y su garantía. Os deseo, a todos vosotros, un hermoso camino: un camino fecundo; que el amor crezca. Deseo que seáis felices. No faltarán las cruces, no faltarán. Pero el Señor estará allí para ayudaros a avanzar. Que el Señor os bendiga.

(14 de septiembre de 2014) © Innovative Media Inc.
Entre los casados, una madre soltera
En un ambiente de recogimiento, las parejas, algunas jóvenes y otras no tanto, rodeadas de sus familias y amigos y en presencia de numerosos fieles, escucharon al papa, vestido con una casulla roja y el semblante serio.

Para Francisco, es la primera celebración de bodas en el Vaticano, una práctica poco habitual. Los únicos precedentes conocidos se remontan a Juan Pablo II en 1994 - el Año de la Familia -, y en 2000, durante el Jubileo de las Familias.

Las parejas fueron elegidas por la vicaría de Roma y representan los matrimonios actuales: algunas ya tienen hijos, otras vivían juntas antes de la boda y algunas se conocieron en su parroquia.

El matrimonio más joven es un chico que nació en 1986 y una chica en 1989, mientras que la pareja de más edad está formada por un hombre nacido en 1958 y una mujer en 1965, según la prensa.

Estos últimos son Gabriella, una madre soltera, y su prometido Guido, cuyo matrimonio anterior fue anulado por la "Sacra Rota", el tribunal eclesiástico competente. De 56 y 49 años, estuvieron acompañados por la hija de la primera.

Gabriella ha sido madre soltera y Guido contrajo matrimonio en el pasado pero fue declarado nulo por el tribunal eclesiástico de la Santa Rota, circunstancias estas por las que en un principio aceptaron con pudor la invitación a ser casados por el papa, según han explicado al diario "La Repubblica".

"No creíamos representar a la pareja católica presente en el imaginario colectivo pero la Iglesia de Francisco nos ha acogido", señalaron.

Otra de las parejas es la de Flaviano y Giulia, de 28 y 25 años, quienes al ser seleccionados por su diócesis, decidieron aceptar pero renunciando al banquete nupcial por el elevado coste del mismo ya que ella trabaja en un restaurante de comida rápida y él acaba de perder su empleo.

Una historia resuelta gracias a la colaboración del resto de miembros de su comunidad, que según la prensa italiana recogieron fondos para organizar una fiesta a los recién casados.

Otra pareja son Laura Carpuso, una romana de 34 años y Marco Purcaro. Ella es organizadora de eventos y Marco es un ex bailarín profesional de 32 años de edad. Su vida hasta el matrimonio ha estado marcada por una frase del Papa que no olvidan: "‘vosotros esposos aunque vuelen los platos no iros nunca a dormir sin hacer las paces". Y así lo hacen, según revela ACI. Relatan que se conocieron y en tres meses ya estaban pensando en casarse. Cuando su párroco les dio la sorpresa de que serían una de las 20 parejas que casaría el Papa estuvieron días sin dormir de la emoción.

Un mes para el Sínodo de las familias
La ceremonia interviene tres semanas antes del sínodo previsto del 5 al 19 de octubre, en el que 253 obispos, delegados y expertos del mundo entero, entre ellos 114 presidentes de conferencias episcopales, debatirán sobre los desafíos actuales de la familia y los matrimonios religiosos.

La tensión sobre ese debate es palpable y la capacidad de Francisco de calmarlo es percibido como una prueba de su pontificado.

El hecho de que los divorciados que se vuelven a casar no puedan recibir la comunión centrará los debates. Algunos prelados quieren flexibilizar esa regla pero otros se resisten puesto que temen poner en peligro el carácter indisoluble del sacramento del matrimonio.

El Papa Francisco casa a 20 parejas en la Basílica de San Pedro del Vaticano

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